El anticuario

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Dijo que tenía una petición que presentar al conde, pues juzgó prudente no mencionar en absoluto el anillo, al no saber, según confesó después, hasta qué punto la moralidad de un soldado raso podía haberse corrompido en el servicio de una gran mansión.

—Espera un momento, amigo —dijo Francis—, el conde no prestaría oídos a peticiones; pero puedo comunicársela al limosnero.

—Pero está relacionada con un secreto, y quizá el lord quiera verlo por sí mismo.

—Justamente por eso creo que el limosnero debe verlo primero.

—Pero he recorrido todo este camino para entregarlo, Francis, podrías ayudarme un poco.

—Entonces, haré lo que pueda —respondió el del condado de Aberdeen—; aunque tengan el carácter del diablo, no pueden más que echarme, y yo justamente estaba pensando en despedirme e ir a pasar el resto de mis días a Inverurie.

Con la firme resolución, pues, de ayudar a su amigo en todo lo posible, ya que no podía enfrentarse a nada que le incomodara en demasía, salió Francis Macraw de la habitación. Tardó bastante en volver y, cuando lo hizo, sus gestos indicaban sorpresa y agitación.

—¡Ya no estoy seguro de si eres Edie Ochiltree de la compañía de Carrick del regimiento cuarenta y dos, o el diablo en persona!


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