El anticuario

El anticuario

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—¿Qué te hace hablar así? —preguntó el mendigo asombrado.

—Porque mi señor se encuentra en un estado de confusión y sorpresa que nunca he visto en un hombre en toda mi vida. Pero te verá; eso está arreglado. Estuvo como fuera de sí unos minutos, y pensé incluso que se iba a desmayar. Y, cuando volvió en sí, me preguntó quién había traído el paquete. Y ¿qué crees que dije?

—Un viejo soldado —dijo Edie—, eso es lo mejor en las casas de los gentiles; en las de los granjeros es mejor decir que eres un viejo calderero, si necesitas alojamiento, pues quizá la mujer de la casa tenga algo que reparar.

—Pues ninguno de los dos —respondió Francis—; a mi señor le importa tan poco una como otra: es mejor para él que sea alguien que repare los pecados. Así que le dije que el papel lo había traído un anciano de larga barba blanca, quizá un hermano capuchino por lo que sé, pues iba vestido como un peregrino. Así que vendrán a buscarte en cuanto reúna fuerzas para verte.

—Ojalá hubiese terminado con este asunto —pensó Edie para sí—; se dice que el conde no está bien de la cabeza, y ¿quién sabe hasta qué punto puede ofenderse por mezclarme en esto?


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