El anticuario

El anticuario

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El viejo criado y el sacerdote se sobresaltaron al verse. Pero el limosnero se repuso antes, y, dirigiéndose hacia Macraw, le dijo en un susurro, pero con un tono autoritario:

—¿Cómo te atreves a entrar en los aposentos del conde sin llamar? Y ¿quién es ese extranjero, y qué hace aquí? Retiraos a la galería y esperadme allí.

—Me es imposible ahora mismo atender al reverendo señor —respondió Macraw, alzando la voz para que se le oyera también en la habitación vecina, consciente de que el sacerdote no prolongaría la pelea si su señor podía oírles—; el conde ha tocado la campana.

Apenas había pronunciado estas palabras cuando la campana sonó de nuevo, con mayor violencia que antes; y el clérigo, dándose cuenta de que era imposible proseguir la conversación, levantó el dedo señalando a Macraw, con gesto amenazante, y salió de los aposentos.

—Ya te lo había dicho —dijo el hombre de Aberdeen a Edie en un susurro, y después procedió a abrir la puerta junto a la cual habían visto parado al capellán.


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