El anticuario
El anticuario Por consiguiente, los asaltos a la fidelidad del mendigo fueron frustrados y Francis, cual impasible jugador de ajedrez, iba quedando, a cada movimiento malogrado, más expuesto a los jaques de su oponente.
—¿Conque no tenÃas nada en particular que decirle a mi señor? ¿Solo cuestiones personales?
—SÃ, y sobre varias cosillas que he traÃdo de fuera —dijo Edie—. Ya sé que vosotros los papistas tenéis gran interés por las reliquias de iglesias lejanas y cosas asÃ.
—Cierto, mi señor no debe de andar muy bien del todo —adujo el criado—, si se pone en ese estado con algo que tú le has traÃdo, Edie.
—No pongo en duda tus palabras, vecino —contestó el mendigo—, aunque tal vez se deba a alguna mala experiencia en su juventud, Francis; eso a veces desequilibra enormemente a la gente.
—En efecto, Edie, y podrÃa decirte además, ya que dudo que vuelvas a esta casa y, de hacerlo, difÃcilmente me encontrarás aquÃ, podrÃa decirte que incluso de mozo, su corazón estaba tan destrozado, tan desgarrado, que es un milagro que no se haya roto mucho antes.
—¡No me digas! —respondió Ochiltree—. Y me imagino que por una mujer.