El anticuario
El anticuario —En efecto, has acertado —respondió Francis—, precisamente de una prima suya, la señorita Eveline Neville, asà se llamaba. La gente murmuró mucho pero el asunto fue silenciado porque habÃa nobles implicados. Le hablo de hace más de veinte años, él tenÃa veintitrés por aquel entonces.
—SÃ, yo estaba en América —dijo el mendigo—, y no estaba al tanto de los conflictos del paÃs.
—El conflicto no fue gran cosa, amigo —alegó Macraw—; le gustaba esa joven dama y se habrÃa casado con ella, pero su madre se enteró y entonces se armó un gran alboroto. Al final, la pobre muchacha saltó al mar desde el acantilado de Craigburnfoot, poniendo asà fin a la historia.
—Fin de la historia para la pobre dama —dijo el mendigo—, pero, por lo que sé, no para el conde.
—No tendrá fin mientras viva —respondió el de Aberdeen.
—Y ¿por qué razón prohibió la anciana condesa el matrimonio? —preguntó el mendigo con insistencia.