El anticuario

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—¿Por qué razón? Tal vez ni ella misma lo supiese, tal vez, para bien o para mal, hacía que todos se rindieran a sus exigencias, pues era bien sabido que la joven dama tenía inclinación a ciertas herejías del país y, además, sus lazos de sangre con el hijo de la condesa eran más estrechos de los permitidos por nuestra Iglesia. Todo esto llevó a la muchacha a cometer tal acto de desesperación y desde entonces el conde no ha levantado cabeza.

—¡Pobre señor! —respondió Ochiltree—. Qué raro que no haya oído antes esta historia.

—Lo raro es que la hayas oído ahora, ya que ninguno de los sirvientes se habría atrevido a contarla de haber estado viva la anciana condesa. ¡Ay, amigo! Esa mujer era de armas tomar; habría hecho falta un hombre muy hábil para plantarle cara. Pero ahora que descansa en su tumba no pasa nada si nos vamos un poco de la lengua. En fin, me despido, tengo que volver ya, me toca turno de noche. Si vienes por Inverurie en unos seis meses, no te olvides de preguntar por Francis Macraw.

Le apretó gentilmente la mano a modo de firme promesa y así se despidieron los amigos, con el testimonio de mutuo respeto; el criado de lord Glenallan tomó el camino de vuelta a la casa de su señor, dejando a Ochiltree proseguir su peregrinaje habitual.


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