El anticuario

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Después se extendió entre los hombres hasta silenciar del todo los ecos de júbilo deportivo. Todos comprendieron de inmediato que había ocurrido algún desastre, y unos y otros se preguntaban cuál habría sido el motivo, sin que ninguno llegase a saber gran cosa. Finalmente el rumor llegó con claridad a oídos de Edie Ochiltree, el cual se encontraba en el meollo de la congregación. La barca de Meiklebackit —los pescadores que tantas veces hemos mencionado— se había ido a pique, y se afirmaba que cuatro hombres habían perdido la vida, entre ellos Meiklebackit y su hijo. Sin embargo, el rumor, al igual que en otros casos, había ido más allá de la verdad. Era cierto que el barco había naufragado, pero Stephen —o Steenie Meiklebackit, pues así era como le llamaban— había sido el único en ahogarse. A pesar de que su lugar de residencia y su modo de vida habían apartado al joven de la compañía de sus paisanos, hicieron una pausa en su rústica alegría para rendir el tributo a la repentina calamidad que rara vez deja ésta de recibir cuando ocurren cosas extraordinarias. Para Ochiltree, en particular, la noticia fue como un tañido fúnebre, tanto más cuanto que poco antes el joven le había ayudado en el asunto de la jugarreta a Dousterswivel, y aunque el adepto alemán no sufrió descalabro o daño alguno, la tarea en cuestión no era precisamente la más indicada para cumplir en las últimas horas de vida.


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