El anticuario

El anticuario

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Las desgracias nunca vienen solas. Mientras Ochiltree —apoyado meditabundo sobre su bastón— sumaba su pesar al de los demás aldeanos que lamentaban la inesperada muerte del joven e interiormente se culpaba por haberle mezclado en aquella aventura, un condestable lo agarró por el cuello y, esgrimiendo la porra con la mano derecha, exclamó:

—¡En el nombre del rey!

El recaudador y el maestro unieron sus retóricas para hacerle ver al condestable y a su ayudante que no tenían derecho a detener a un fiel bedesman del rey como si de un maleante se tratase; por otra parte, el molinero y el herrero —con un elocuente mutismo que convergía en sus apretados puños— se disponían a asegurar la libertad de su árbitro mediante la fuerza. Su casaca azul, adujeron, era su salvaguarda para viajar por la región.

—Pero su casaca azul —respondió el oficial— difícilmente le protegerá de los cargos de asalto, robo y asesinato; y mi orden judicial contra él se basa en dichos delitos.

—¡Asesinato! —exclamó Edie—. ¡Asesinato! ¿A quién he asesinado?

—Al alemán Dousterswivel, agente de minas de Glen-Withershins.

—¿Que he asesinado a Doustersllorica? Pero si ese señor está vivo y coleando.


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