El anticuario

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—Si lo está, no será gracias a usted; libró una dura batalla por su vida, de ser cierto todo lo que él dice, y usted tendrá que responder ante la ley.

Los defensores del mendigo se amilanaron al oír la atrocidad de los cargos imputados, pero más de una mano amiga le tendió carne, pan y peniques a Edie para que pudiese mantenerse en la prisión a la que los agentes de la justicia estaban a punto de conducirle.

—¡Muchas gracias, Dios os bendiga a todos, hijos míos! He conseguido escapar de trampas peores cuando menos merecía la liberación. Escaparé como un pájaro del cazador. Acabemos la farsa[222] y jamás os preocupéis por mí; tengo más pesar por el pobre muchacho que se nos ha ido que por lo que pudiese ocurrirme.

Así pues, el prisionero se puso en marcha sin ofrecer resistencia, a la par que, de forma mecánica, iba aceptando y almacenando en sus bolsillos las limosnas que le caían en las manos, y poco después abandonó la aldea tan bien surtido de cosas como un proveedor del Gobierno. Sin embargo, el trabajo de soportar esta carga extra fue aliviado por el oficial, que se procuró carro y caballo para llevar al anciano hasta un magistrado, a fin de que se le interrogase y juzgase.


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