El anticuario

El anticuario

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—Sí, amigo mío, mucho me equivoco si este emplazamiento no se corresponde con la descripción de la zona donde se produjo la batalla. Fue cerca de los montes Grampianos. ¡Mire! ¡Allí están, mezclándose y compitiendo con el cielo al borde del horizonte! Fue en un conspectu classis, es decir, a la vista de la flota romana; y ¿no desearía cualquier almirante, romano o británico, una bahía tan cómoda para navegar como la que está a mano derecha? Es sorprendente lo ciegos que algunas veces estamos los supuestos anticuarios. No se le ocurrió ni al señor Robert Sibbald[33], ni a Saunders Gordon[34], ni al general Roy[35], ni al doctor Stukeley[36], a ninguno. No quise decir una palabra sobre esto hasta hacerme con el terreno, porque pertenecía al viejo Johnie Howie, un pequeño propietario testarudo con el que hablé largo y tendido antes de que consiguiéramos ponernos de acuerdo. Al final, y casi me avergüenza decirlo, me decidí a dar un acre tras otro de la mejor tierra para cultivar grano a cambio de este paraje infértil. Pero después se convirtió en un tema de interés nacional; y, al haber adquirido el escenario de un acontecimiento tan célebre, salí ganando. ¿A quién no se le encendería el sentimiento patriótico, como decía Johnson, en las llanuras de Maratón? Empecé a excavar la tierra para ver qué podría aparecer; y al tercer día, señor, encontramos una piedra que he transportado a Monkbarns para hacer un modelo con yeso de París; en ella están representadas una vasija de sacrificios y las letras A. D. L. L., que podrían significar, sin forzar demasiado, Agricola Dicavit Libens Lubens[37].


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