El anticuario

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El conde se apoyó en una de las sillas de madera de la cabaña y, tras inclinar el sombrero hacia delante para cubrirse parcialmente el rostro, entrelazar las manos y apretar los dientes como armándose de valor para resistir una operación dolorosa, le hizo una señal a la anciana para que continuase.

—Como iba diciendo —prosiguió—, caí en desgracia con mi señora debido principalmente a la señorita Eveline Neville, quien en aquel entonces fue recibida en la casa Glenallan como la hija de un difunto primo hermano e íntimo amigo de su padre. El pasado de la señorita Neville estaba envuelto en grandes misterios, pero nadie se atrevía a preguntar más allá de lo que la condesa convenía en contar. Todos en la casa Glenallan querían a la señorita Neville, todos menos dos personas, su madre y yo, ambas la odiábamos.

—¡Dios! ¿Por qué motivo? Nunca una criatura tan cándida, tan gentil, tan proclive a inspirar afecto había puesto los pies en este miserable mundo.





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