El anticuario

El anticuario

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—Estuvo ausente varios meses —prosiguió Elspeth—; entonces, una noche, estaba yo en mi casa esperando a que mi marido regresase de pescar, derramando en la intimidad las amargas lágrimas que mi orgulloso espíritu me arrancaba cuando pensaba en mi desgracia. El cerrojo no estaba echado y su madre, la condesa, entró en mi vivienda. Pensé que había visto un espectro, pues a pesar de tenerme en alta estima, éste era un honor que jamás me había rendido; tenía un aspecto pálido y fantasmagórico, como si se hubiese levantado de la tumba. Se sentó y se sacudió las gotas del pelo y del sayo, pues había llovizna esa noche y para llegar hasta mi casa hubo de atravesar las plantaciones, cubiertas de rocío. Menciono estos pormenores para que entienda la viveza con que guardo esa noche en mi memoria. Me sorprendí de verla pero no tuve el valor de arrancarme a decir nada, ni un fantasma me habría acobardado tanto. No, no me atreví, mi señor, yo que he presenciado tantos horrores sin inmutarme ante ellos. De modo que, tras un silencio, me dijo: «Elspeth Cheyne —pues siempre me llamaba por mi apellido de soltera—, ¿no eres tú la hija de Reginald Cheyne, que murió para salvar a su señor, lord Glenallan, en el campo de Sheriffmuir?». Y yo le respondí casi tan orgullosa como ella: «Tan seguro como que es usted la hija del conde de Glenallan, a quien mi padre salvó la vida con su propia muerte».


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