El anticuario
El anticuario En este punto de la narración hizo una prolongada pausa.
—Y ¿qué pasó después, qué pasó? Por amor de Dios, buena mujer… ¿Por qué habré elegido este adjetivo? En fin, buena o mala, le exijo que continúe.
—Poco caso harÃa a su mundana orden —respondió Elspeth— de no ser por esa voz que me ha estado hablando despierta y en sueños y que me incita a contarle esta triste historia. Pues bien, mi señor, la condesa me dijo: «Mi hijo ama a Eveline Neville, le ha pedido la mano, están comprometidos. Si tuviesen un hijo, mis derechos sobre la casa Glenallan se perderÃan. En ese momento dejarÃa de ser una condesa para convertirme en la miserable y estipendiaria viuda de un noble; yo, que traje tierra y vasallos, rancio abolengo y notoriedad a mi marido, tendré que renunciar a ser patrona cuando mi hijo tenga un heredero varón. Pero eso no me preocuparÃa y habrÃa sido paciente si se casase con cualquier mujer, con cualquiera menos con una de las infames Neville. Tratándose de quien se trata, solo pensar en que ellos y sus descendientes puedan gozar de los derechos y honores de mis ancestros me atraviesa el corazón como un puñal de dos puntas. Y esa muchacha… ¡la detesto!», a lo cual yo respondÃ, pues mi corazón se encendió con sus palabras, que su odio era equiparable al mÃo.