El anticuario

El anticuario

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—¡Mezquina! —exclamó el conde, a pesar de su propósito de guardar silencio—. ¡Mezquina mujer! ¿Qué odio podía despertar un ser tan inocente y amable?

—Yo odiaba todo lo que mi señora odiase como era tradición entre los vasallos de la casa Glenallan, y sepa usted, mi señor, que yo me casé por debajo de mi rango, y que no fue un ancestro suyo el que acudió al campo de batalla, sino un ancestro de esta frágil, demente, vieja e inútil mezquina que ahora le habla quien llevaba el escudo para protegerle. Pero hubo más —continuó la arpía, cuyas aviesas pasiones mundanas se encendían al calor de su narración—, hubo más. Fue la señorita Eveline Neville quien se ganó a pulso mi odio; cuando la traje de Inglaterra se estuvo mofando todo el trayecto de mi acento y hábitos escoceses, de igual modo que lo habían hecho sus amigas y doncellas sureñas del internado.

Por extraño que parezca, habló de una afrenta de una necia y descerebrada colegiala con un grado de contumacia que, visto ahora con la perspectiva del tiempo, ni una ofensa mortal podría haber despertado y azuzado en un espíritu bien formado. Y prosiguió:



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