El anticuario

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—Sí, se mofó y se burló de mí, mas descuide, señor, que ya sufrirán el miedo al puñal aquellos que al tartán[246] escarnecen. —Y continuó, tras una pausa—: Aun así, no niego que la odiase más de lo que se merecía. Mi señora, la condesa, no dejaba de hacer hincapié en el mismo asunto: «Elspeth Cheyne, este joven desobediente quiere crearse lazos con la falsa sangre inglesa. Si fuesen otros tiempos, podría encerrarla a ella en la mazmorra de Glenallan y encadenarlo a él en la torre de Strathbonnel. Pero los tiempos son otros y la autoridad que los nobles ejercían ha sido delegada a los quisquillosos abogados y a sus mezquinos subalternos. ¡Óyeme bien, Elspeth Cheyne! Si eres hija de tu padre como yo lo soy del mío, encontraré la forma de que no se casen. Ella suele ir a pasear al acantilado que está junto a tu casa para ver el barco de su amante (seguramente recuerde lo mucho que a usted le gustaba hacerse a la mar entonces, mi señor); pues la encontrará, sí, pero cuarenta brazas más abajo de lo que él espera». ¡Sí! Puede mirarme y fruncir el ceño y retorcer las manos, pero lo que digo es tan cierto como que tendré que enfrentarme al único Ser al que tengo miedo. Éstas fueron las palabras de su madre. ¿Qué ganaría yo mintiéndole? Solo que yo me negué a manchar mis manos de sangre. Entonces ella dijo: «Según la religión de nuestra santa Iglesia, guardan un vínculo de sangre mayor del permitido. Sin embargo, seguro que a ellos no les importa convertirse en herejes y desobedientes réprobos», tal fue el apéndice a su argumento. Y fue entonces, pues el diablo está siempre ocupado en entendimientos como el mío, cuya sutileza va más allá de su uso y condición, cuando se me permitió hacer este infeliz inciso: «Pero se les podría hacer creer que su vínculo de sangre es tan estrecho que ninguna ley cristiana les permita el matrimonio».


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