El anticuario

El anticuario

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Ambos se volvieron a la vez, Lovel asombrado y Oldbuck entre sorprendido e indignado por una interrupción tan incivil. Un oyente se había unido a ellos sin ser visto u oído durante el discurso enérgico y entusiasta del anticuario que Lovel escuchaba con atenta urbanidad. Tenía pinta de mendigo. Llevaba un enorme sombrero de ala ancha y una larga barba blanca que se unía a su encanecido cabello. Era un hombre de avanzada edad, con un rostro muy marcado y expresivo, endurecido por el clima y el aire libre, por lo que su tez era del color del ladrillo cocido. Vestía una casaca larga y azul con una insignia de peltre en el brazo derecho; llevaba tres bolsas colgadas del hombro, dos de las cuales le servían para guardar distintos alimentos que recibía de la caridad de quienes eran algo más ricos que él. Todos estos distintivos revelaban que era un mendigo de profesión, miembro de la clase privilegiada que en Escocia se llamaba «mendigos del rey» o, más vulgarmente, «casacas azules».

—¿Qué estás diciendo, Edie? —dijo Oldbuck, quizá esperando que sus oídos no hubieran cumplido con su deber—. ¿De qué estás hablando?

—De este montículo, señor —contestó—. Recuerdo cuándo se construyó.

—¡Vete al diablo! Viejo idiota, ¡estaba aquí antes de que nacieras y seguirá aquí cuando te ahorquen!


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