El anticuario

El anticuario

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—El carruaje del señor conde, creo —dijo Oldbuck acercándose a la ventana—. Una hermosa quadriga por lo que veo; pues tal, de acuerdo con el mejor scholium[254], era la vox signata[255] de los romanos para designar un coche que, al igual que el del señor conde, era arrastrado por cuatro caballos.

—Y me atrevería a decir —exclamó Hector mientras miraba ansioso a través de la ventana— que son los cuatro bayos más hermosos a los que se haya puesto jamás un arnés. ¡Qué antebrazos, qué potencia! ¿Podría preguntarle al señor conde si son de su propia hacienda?

—Creo, creo que sí, pero he sido tan negligente con mis asuntos domésticos que temo que debo consultarlo con Calvert —dijo lord Glenallan mirando al criado.

—Son de su hacienda, señor —aseguró Calvert—, cruces entre Mad Tom y Jemina y Yarico, las yeguas del señor conde.

—¿Tenemos más de este cruce? —preguntó lord Glenallan.

—Dos, mi señor, uno de cuatro años y otro de cinco, ambos muy hermosos.

—En tal caso, que Dawkins los traiga a Monkbarns mañana —dijo el conde—. Espero que el capitán MacIntyre convenga en aceptarlos, si son aptos para el servicio.


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