El anticuario

El anticuario

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La caballerosidad de lord Glenallan le había llevado a retirarse y a charlar con las damas en el momento en que la disputa entre el tío y el sobrino parecía haber tomado tintes de acritud poco convenientes al oído de un extraño, pero el conde tomó parte de nuevo en la conversación en cuanto percibió que el tono del anticuario volvía a ser tranquilo y amistoso. Después de haber sido puesto al tanto brevemente de la situación del mendigo y de la acusación que pesaba sobre él, de la cual Oldbuck aseguraba que Dousterswivel era responsable, lord Glenallan preguntó si el individuo en cuestión había sido soldado con anterioridad, pregunta que tuvo una respuesta afirmativa.

—¿Es posible que llevara —prosiguió el señor conde— un traje o abrigo azul, con una insignia? ¿Era un hombre alto, de cabello y barba canosos, que siempre andaba muy erguido y hablaba con una soltura y elocuencia que contrastaban enormemente con su ocupación?

—Lo que dice es un fiel retrato de él —afirmó Oldbuck.

—Pues entonces —continuó lord Glenallan—, aunque temo que no podré serle de gran utilidad en esta ocasión, lo cierto es que estoy en deuda con él por ser la primera persona que me trajo noticias de grandísima importancia. Con gusto le ofrecería un lugar de confortable retiro una vez que consiga superar su actual situación.


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