El anticuario
El anticuario Hector, cuyo corazón estaba exultante ante la perspectiva de circular por los dominios de la casa Glenallan, más allá de los protegidos páramos de Clochnaben, y sobre todo, por el bosque de ciervos de Strath-Bonnel, expuso al conde el honor y agradecimiento que sentía. El señor Oldbuck acogió de buen grado la atención del conde con su sobrino. La señorita MacIntyre estaba encantada por la gratificación ofrecida a su hermano, y la señorita Griselda Oldbuck pensaba con regocijo en la posibilidad de cocinar ollas y ollas de lagópodos y gallos lira, de los cuales el señor Blattergowl era un gran admirador. De esta forma —que es siempre el caso cuando un hombre de alto rango deja la casa de una familia con la que se ha esforzado en ser atento—, todos empezaron a alabar al conde en cuanto las ruedas de su carruaje se pusieron en marcha gracias al empuje de los cuatro admirados cuadrúpedos. Pero el panegírico terminó pronto, en cuanto Oldbuck y su sobrino se acomodaron en el infame coche que, arrastrado por un jamelgo al trote y otro a medio galope, iba dando sacudidas y bandazos rumbo al célebre puerto de mar, en profundo contraste con la rapidez y suavidad con que el carruaje de lord Glenallan parecía haberse esfumado ante sus ojos.