El anticuario

El anticuario

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—Podía imaginar, Monkbarns, que era usted o alguien como usted quien venía a importunarme, pues una de las grandes ventajas de las prisiones y tribunales de justicia es que puedes estar llorando a moco tendido, que nadie te preguntará jamás el motivo.

—Bien, Edie —respondió Oldbuck—, espero que la razón actual de tu aflicción no sea tan terrible y puedas pasar página.

—Y yo esperaba, Monkbarns —respondió el mendigo en un tono de reproche—, que usted me conociera lo suficiente para saber que este insignificante contratiempo no podría llenar de lágrimas estos ojos, que tantos sufrimientos han visto. No, no, se deben a esa pobre muchacha, la hija de Caxon, que ha venido a pedir consuelo y ha obtenido bastante poco, por cierto. No ha tenido noticias del navío de Taffril desde el último vendaval, y la gente comenta que un barco del rey ha chocado contra los arrecifes de Rattray sin que se hayan encontrado supervivientes. Dios no lo quiera, pues de verdad le digo, Monkbarns, que, de ser así, el joven Lovel, por quien tanto afecto siente, habría entonces fallecido.

—¡Dios no lo quiera! —repitió el anticuario; la palidez de su rostro se hizo más intensa—. Antes preferiría que la casa Monkbarns echase a arder. ¡Mi pobre amigo y colaborador! ¡Me voy inmediatamente al muelle!


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