El anticuario
El anticuario —Estoy seguro de que no averiguará más de lo que yo le he contado, señor —dijo Ochiltree—, pues en esta ocasión los agentes fueron muy civilizados, más de lo que acostumbran, y aunque echaron mano de todos sus conocimientos y autoridades, no pudieron arrojar ninguna luz sobre el asunto.
—¡No puede ser verdad! ¡Dios, que no sea verdad! —exclamó el anticuario—. Y, aunque lo fuese, no lo creerÃa. Taffril es un excelente marino y Lovel, mi pobre Lovel, es el perfecto compañero de viaje, que inspira seguridad y agrado, ya sea por tierra o por mar; él es, por su ingenuo carácter, la persona que elegirÃa para hacer un viaje en barco (cosa que nunca hago, excepto cuando tomo el Queensferry), fragilem mecum solvere phaselum[264], para ser el compañero de mis riesgos, alguien contra quien los elementos no albergan deseos de venganza. No, Edie, no es y no puede ser verdad, es un engaño del ocioso e indiscreto Rumor, a quien deseo ver colgado, con su trompeta alrededor del cuello; ese que con su lúgubre voz trata de atemorizar a las gentes honradas. Y ahora, dime cómo has podido llegar a esta situación.
—¿Me está interrogando en calidad de magistrado, Monkbarns, o solo por satisfacción propia?
—Solo por satisfacción propia —respondió el anticuario.