El anticuario
El anticuario —Y reza por que asà sea, señor Hector —dijo su tÃo—. De ser verdad, ¿a quién habrÃa que culpar de que Lovel estuviese a bordo?
—A mà no, desde luego —respondió Hector—; eso habrÃa sido solo cuestión de mala suerte.
—En efecto —respondió su tÃo—, no quiero ni pensar en esa posibilidad.
—¿Cómo es eso, señor? Usted que siempre tiende a pensar mal de mà —adujo el joven soldado—. Supongo que reconocerá que mi intención no tiene la culpa en este caso. Hice lo posible por disparar a Lovel y, de haberlo conseguido, está claro que su herida habrÃa sido la mÃa y viceversa.
—Y ¿a quién quieres disparar ahora con ese cargamento etiquetado como «Pólvora»?
—Debo estar preparado, a las doce estaré en los páramos de lord Glenallan —respondió MacIntyre.
—¡Oh, Hector! Tú y tu gloriosa chasse, como dicen los franceses, tendrÃa mejor porvenir
omne cum Proteus pecus egit altos
visere montes.
»¿Por qué no vas al encuentro de un belicoso fócido en vez de un inocente pajarillo?
—Al diablo con la foca, o el fócido, como prefiera llamarla. ¿Es que no voy a dejar de oÃr nunca esa ridÃcula historieta?