El anticuario

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—De nada me servirían sus libros, mi apreciado tío —respondió el joven soldado—; pero es cierto, hará bien en dejarlo en mejores manos. Aun así, no acuse a mi corazón de los errores de mi cabeza. Jamás me desharía de una gramática Cordier que perteneciese a un viejo amigo a cambio de unos caballos como los de lord Glenallan.

—No creo que lo hicieses, muchacho, no creo que lo hicieses —repuso, más temperado, su tío—. Me gusta provocarte de cuando en cuando: es una forma de mantener el espíritu de la disciplina y el hábito de la subordinación. El tiempo que pases aquí te resultará más grato estando bajo mis órdenes, en vez de bajo las del «capitán o coronel o caballero de armas», como diría Milton. —Y, recayendo en su irónico humor, prosiguió—: Y en vez de los franceses tienes los gens humida ponti, pues, según palabras de Virgilio:

Sternunt se somno diversæ in littore phocæ;

»que podría verterse a nuestro idioma como

el fócido dormita en la playa

al alcance de Hector, nuestro escocés.

»De acuerdo, si te enfadas, no sigo. Además, veo que el viejo Edie está en el patio y tengo negocios pendientes con él. Adiós, Hector. ¿Recuerdas cómo chapoteaba en el mar al igual que su maestro Proteo, et se jactu dedit æquor in altum[277]?


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