El anticuario
El anticuario MacIntyre esperó a que la puerta se cerrase para dar rienda suelta a la impaciencia de su temperamento.
—Mi tÃo es el mejor hombre del mundo y el más noble a su manera, pero, antes que seguir oyéndole hablar del endiablado fócido, como él le llama, preferirÃa irme a las Indias y no verle más la cara en mi vida.
La señorita MacIntyre, muy apegada a su tÃo y a la vez gran apasionada de su hermano, actuaba en estas ocasiones como vehÃculo de reconciliación. Fue corriendo al encuentro de su tÃo antes de que entrase en la sala.
—¿Qué le ocurre ahora a la dama por antonomasia? ¿Qué significa ese matiz de súplica en su rostro? ¿Ha vuelto a hacer Juno una de las suyas?
—No, tÃo, pero el dueño de Juno no puede aguantar todas sus mofas sobre la foca. Le aseguro que a él le duele mucho más de lo que usted desearÃa; es muy tonto por su parte, eso seguro, pero es que usted tiene la habilidad de ridiculizar a la gente con tanta dureza…
—Está bien, querida —respondió Oldbuck animado por el cumplido—, pondré freno a mi sátira y, en la medida de lo posible, no diré más la palabra foca; es más, evitaré cualquier expresión que la contenga, como «enfocar» o «sofocar». No soy monitoribus asper[278], sino el más tranquilo, apacible y blando de los seres humanos, a quien su hermana y sobrinos manejan a su antojo.