El anticuario
El anticuario Después del panegÃrico sobre su propia docilidad, el señor Oldbuck entró en la sala y propuso a su sobrino un paseo por Mussel-crag.
—Tengo algunas preguntas que hacer a una mujer de la cabaña de los Meiklebackit —observó— y me gustarÃa tener un testigo sensato conmigo, asà que para bien o para mal, Hector, tú eres con quien puedo contar ahora mismo.
—Y ¿por qué no Edie, señor, o Caxon? ¿No lo harÃan ellos mejor que yo? —exclamó MacIntyre alarmado ante la perspectiva de un prolongado tête-à -tête con su tÃo.
—Te doy las gracias, joven, por remitirme a tan agradables compañeros y por tu cortesÃa —respondió el señor Oldbuck—. Sin embargo, mi intención es que el viejo casaca azul venga conmigo, pero no como testigo competente, pues él es de momento, como dice nuestro amigo el magistrado Littlejohn (¡Dios bendiga sus conocimientos!), tanquam suspectus, mientras que tú, de acuerdo con nuestras leyes, eres suspicione major.
—Ojalá tuviese el rango de mayor, señor —dijo Hector, habiéndose enterado solo de la última palabra, la cual, a oÃdos de un soldado, era la más llamativa de la expresión—, pero, sin dinero y sin interés, las oportunidades de dar ese paso son escasas.