El anticuario

El anticuario

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Solo aquellos que hayan presenciado una escena similar podrán concebir el estado de agitación que reinaba en Fairport. Detrás de las ventanas podían verse cientos de luces que aparecían y desaparecían, dando cuenta de la confusión que se había apoderado de la gente en sus casas. Las mujeres de rango inferior se reunían y vociferaban en las calles. La caballería, que se había reunido en Fairport tras cabalgar por diferentes valles, recorría las calles al galope: algunos iban solos, otros en grupos de cinco o seis, según se iban encontrado en el camino. Los tambores y los pífanos de los voluntarios se confundían con la voz de los oficiales, el toque de los clarines y el tañido de las campanas de la iglesia. En el puerto, las embarcaciones habían encendido las luces de los mástiles, y desde los barcos de la armada iban y venían botes con hombres y armas dispuestos a incorporarse a la defensa de la ciudad. Taffril se encargaba de dirigir, con gran dinamismo, esta parte de los preparativos. Dos o tres navíos ligeros habían soltado ya amarras y se alejaban mar adentro con el propósito de descubrir al supuesto enemigo.






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