El anticuario
El anticuario Oldbuck dirigió una mirada de remordimiento a sir Arthur, que éste le devolvió con idéntico embarazo y un encogimiento de hombros.
—Seguro que ha sido la maquinaria que condenamos a las llamas llevados por nuestra cólera —dijo el anticuario armándose de valor, aunque no por ello menos avergonzado por haber sido el causante de semejante caos—. ¡Ojalá el diablo se lleve a Dousterswivel! Creo que ha sido él quien nos ha dejado todo este legado de despropósitos y equivocaciones, una traca final a modo de regalo de despedida. Aquí viene el prudente Caxon. ¡No seas tonto, levanta esa cabeza! Tu única culpa ha sido actuar con la mejor intención. Anda, quédate con esta como se llame. Quién me iba a decir a mí que hoy tendría que cargar con un apéndice como éste.
Y le entregó su espada.
En ese momento lord Glenallan sujetó cortésmente a Oldbuck del brazo y se lo llevó a otra dependencia.
—Por el amor de Dios, ¿quién es ese joven caballero que se parece tanto a…?
—A la infortunada Eveline —interrumpió Oldbuck—. Creo que despertó mi afecto desde el primer momento en que lo conocí, y el señor conde acaba de sugerir el motivo.
—Pero ¿quién… quién es él? —continuó lord Glenallan agarrándose convulsivamente del anticuario.