El Monasterio
El Monasterio —Siempre ha protegido a la familia, como lo atestiguan las antiguas leyendas; pero en mis tiempos no ha hecho nada más que sacarnos del pantano.
—Pues bien, Tibb —dijo Elspeth levantándose y encendiendo su lámpara—, si tales son los privilegios de los poderosos, no les tengo envidia. Nuestra Señora y San Pablo son santos bastante grandes, pues no me dejarán jamás en un pantano si pueden sacarme de él, para lo cual todos los años, por la Candelaria, envÃo cuatro cirios a sus capillas; y, si no lloran cuando me muera, se reirán cuando resucite a la vida eterna, que os deseo de todo corazón.
—Amén —respondió Tibb devotamente. Y agregó—: Ya es hora de que cubra el fuego si queremos encontrarlo mañana, porque está casi apagado.
Mientras se ocupaba en ello, la viuda de Simón miró en torno suyo para ver si todo estaba bien colocado en la sala, dio las buenas noches a su interlocutora y se retiró.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Tibb cuando estuvo sola—. Porque ha sido esposa de un pequeño laird, vasallo de la iglesia, se cree de la misma categorÃa que la doncella de una dama de alta alcurnia.
Y, satisfecho ya su amor propio, se retiró a su dormitorio.