El Monasterio

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—¿Cómo es eso, padre Felipe? ¡Conocéis a todas las viudas de los alrededores! —repuso el abate—. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! —Y riose a carcajadas después de esta broma.

—¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! —repitió el sacristán como para aplaudir el chiste de su superior; y después añadió, en voz baja, con profunda humildad y guiñando el ojo hipócritamente:

—¿No es nuestra misión, reverendo padre, consolar a las viudas? ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!…

Esta vez su risa fue más moderada, pues esperaba sin duda que el padre Bonifacio la sancionara repitiéndola, por no atreverse él a tomar la iniciativa en semejante caso.

—¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!… No está mal, padre Felipe; no, no está mal. Pero hablemos seriamente. Vais a poneros los hábitos de viaje para ir a confesar a esa lady Avenel.

—Pero… —murmuró el sacristán.

—No tenéis nada que objetar. No puede hacer objeciones un fraile a un abad, padre Felipe; la disciplina es inflexible. La herejía cada día está haciendo mayores prosélitos, y no debemos abandonar el cultivo de la viña del Señor, por grande que sea el esfuerzo que tengamos que realizar.

—¡Reporta tan poca ventaja al santo monasterio! —replicó entristecido el sacristán.


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