El Monasterio

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—Voy a decírselo a vuestra reverencia. Había yo salido a cerrar la esclusa del molino, y, al disponerme a hacerlo, oí una especie de ronquido a mi lado. Creyendo que era uno de los cerdos de Giles Fletcher, que jamás cierra su puerta, me apoderé de un palo e iba… ¡Santa María me perdone!… iba a pegar donde había oído el ruido, cuando comprendí que no eran los cerdos los que lo producían. Llamé a mis mozos y encontré al padre sacristán sin conocimiento en el suelo, arrimado al muro de nuestro horno. ¡Dios sabe lo mojado que estaba! Al volver en sí, me rogó que lo condujera ante vuestra reverencia; pero todo el camino ha venido divagando. Solo hace un momento que habla más razonablemente.

—Vamos, Hob Miller, está bien —dijo el padre Eustaquio—; podéis retiraros; y creedme, en lo sucesivo mirad bien antes de dar golpes en la obscuridad.

—¡Oh! Esto me servirá de lección —contestó el molinero—; y espero que no volveré a confundir a un fraile con un cerdo.

Y, después de saludar respetuosamente, se retiró.

—Padre Felipe —dijo el padre Eustaquio cuando se hubo marchado Hob Miller—, confesad francamente a vuestro venerable superior lo que os atormenta. ¿Estáis beodo? Decídnoslo, haremos que os conduzcan a vuestra celda.


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