El Monasterio
El Monasterio —¡Agua! ¡Agua! Vino no —murmuró el sacristán.
—Si esta es tu enfermedad, el vino te curará seguramente —repuso el abad dando un vaso de vino al padre Felipe, lo que pareció hacerle gran provecho—. Y ahora —prosiguió—, que se le cambien los vestidos, o mejor, que lo lleven a la enfermerÃa, pues nada sacaremos en limpio de su relato mientras se encuentre en ese estado.
—Voy a seguirle —dijo el padre Eustaquio—, y si consigo que declare la verdad, vendré a comunicársela a vuestra reverencia.
Y, dicho esto, salió para acompañar al sacristán. Al cabo de un cuarto de hora volvió al lado del abad.
—¿Cómo se encuentra el padre Felipe? —preguntó este—. ¿Qué os ha dicho?
—Viene de Glendearg; es lo único que he podido sacar en limpio. Sus demás declaraciones son tan extrañas, que nunca se ha oÃdo nada semejante en este monasterio.
El subprior relató entonces brevemente las aventuras ocurridas al sacristán durante su viaje; agregando que sospechaba que tenÃa el cerebro algo cascado, porque le habÃa visto cantar, reÃr y llorar al mismo tiempo.