El Monasterio

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—Así son —decía, contemplando a las hojas esparcidas en torno suyo— los proyectos de la juventud: llenos de encantos en primavera y dolorosos en invierno. Todo es deleznable y transitorio; nada escapa a la destrucción general más que las hojas del viejo roble, que brota cuando las demás hojas del bosque caen. He hollado, como ahora, estas hierbas estériles, las brillantes esperanzas de mi juventud. Los ambiciosos ensueños de la edad madura solo son quimeras engañosas, desvanecidas desde hace largo tiempo: en la actualidad me ligan los votos que formulé en época más avanzada de mi vida; y a ellos permaneceré fiel hasta la muerte. Sí; mientras viva defenderé a la Iglesia de que soy siervo; y combatiré la herejía, que la ataca con encarnizamiento.

Así discurría el padre Eustaquio, quien, lleno de celo religioso desde el punto de vista de sus conocimientos imperfectos, confundía los intereses esenciales del cristianismo con las pretensiones exageradas de la Iglesia de Roma, que él defendía con ardor digno de mejor causa.

El padre Eustaquio había vivido demasiado tiempo en Roma y no era supersticioso como el clero escocés, menos ilustrado que el de la Ciudad Eterna, a pesar de lo cual el relato del padre Felipe no había dejado de impresionarle más de lo que él mismo se confesaba.


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