El Monasterio

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—Es extraño —decíase— que la historia que sin duda ha inventado el padre Felipe, para disimular la incorrección de su conducta, me haya impresionado tanto, y turbe las graves meditaciones que me absorben. De ordinario, tengo más dominio sobre mí. Voy a rezar y así olvidaré esas vanas puerilidades.

Y, rezando el rosario, según la regla de la Orden, llegó ante la pequeña torre de Glendearg sin que su imaginación volviera a divagar.

Cuando la señora Glendinning, que se encontraba a la puerta dela torre lo vio acercarse, exhaló un grito de sorpresa y de alegría.

—Martín, Jasper, venid todos a ayudar al reverendo subprior a apearse, y conducir a la cuadra su caballería.

—¡Oh padre mío! ¡Dios os envía! Si supieseis cuánta necesidad tenemos de vuestros auxilios. Martín iba a ir al monasterio, aunque siento tener que molestar tanto a vuestras reverencias.

—No os preocupéis por eso, buena señora —repuso el padre Eustaquio—, y veamos qué puedo hacer en vuestro obsequio… Venía a ver a lady Avenel, si es posible.

¿Si es posible? ¡Ah, ya lo creo! Temo que la infeliz no viva mañana. ¿Queréis venir a su dormitorio?

—¿No la ha confesado el padre Felipe?


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