El Monasterio
El Monasterio Sería no hacer justicia a los sentimientos hospitalarios de la señora Glendinning, suponer que el pesar que le ocasionaba la muerte de su amiga la absorbiera hasta el extremo de dar al olvido lo que debía a su huésped, el subprior del monasterio. El pan de cebada estaba ya preparado, un jarro de la mejor cerveza había sido servido y el más suculento jamón colocado sobre la mesa, amén de la manteca más fresca. Cuando todos estos preparativos estuvieron terminados se sentó en un rincón de la chimenea, y cubriéndose la cabeza con el delantal se entregó a su dolor sin gazmoñería, pues hacer los honores de la casa era, a los ojos de la viuda, un deber tan esencial y humano como el de llorar la pérdida de una persona amada.
Cuando el padre Eustaquio entró, secó sus lágrimas y, levantándose, le rogó que aceptara la modesta comida que le había preparado; pero este se excusó diciendo:
—No tomaré nada hoy antes de la puesta del sol, y me consideraré dichoso si con esta ligera privación puedo expiar mi negligencia. Sin embargo, señora Elspeth, aunque me ocupe en la salvación de los muertos, no descuido a los vivos hasta el extremo de dejar aquí ese libro que para los ignorantes es lo mismo que fue para nuestros primeros padres el árbol de la ciencia del bien y del mal, excelente en sí, pero fatal para los que no deben leerlo.