El Monasterio
El Monasterio Cristián de Clint-hill, personaje que acababa de llegar a la torre de Glendearg, llevaba las espaldas cubiertas de placas de hierro, espuelas oxidadas y larga lanza. Su casco, que ya habÃa perdido el brillo, estaba adornado con una rama de acebo, distintivo de la familia Avenel. Una larga espada de dos filos con empuñadura de roble pulido colgaba a su costado. La flacura del caballo corrÃa pareja con la del jinete, lo que demostraba que los dos tenÃan oficio penoso y poco lucrativo.
Cristián saludó a la señora Glendinning familiarmente, y al subprior con cierta ironÃa, pues la falta de respeto a las Órdenes religiosas iba generalizándose cada dÃa más, sobre todo, entre las gentes de su oficio, que no solÃan profesar ninguna religión.
—AsÃ, pues, ¿la señora ha muerto, señora Elspeth? —preguntó—. Mi señor le enviaba un buey gordo para su aniversario; pero, en este caso, servirá para sus funerales. Lo he dejado pastando; pero como es tuerto, y ha sido marcado en dos sitios diferentes con un hierro candente, conviene sacrificarlo cuanto antes; ¿me oÃs? Vamos, haced que den un pienso de avena a mi caballo, y a mà un trozo de carne y un vaso de cerveza; tengo que ir al monasterio. Pero he aquà un fraile que podrÃa ahorrarme el viaje.
—¡Insolente! —apostrofó el subprior, indignado.