El Monasterio
El Monasterio —Mi lanza, una buena lanza que jamás ha errado el golpe.
—¡Que Dios te perdone ese culpable deseo! ¿Es que hubieras querido matar a un ministro de los altares?
—¡Ya lo creo! Aunque os mataran a todos… otros han perecido en Flodden.
—¡Miserable! ¿Eres hereje al mismo tiempo que asesino?
—¡No, por San Gil! Me ha deleitado oÃr al laird de Monance cuando decÃa que erais un hato de bribones y de impostores; pero no he querido escuchar a un tal Wiseheart, predicador del Evangelio.
—Tiene todavÃa algunos buenos sentimientos —dijo el padre sacristán al abad, que entraba en aquel momento—, puesto que se ha negado a escuchar a un hereje.
—¡Esa circunstancia puede servirle en el otro mundo! —respondió el dignatario—. Hermano, prepárate a abandonar este. Nuestro bailÃo va a llegar: voy a entregarlo al brazo secular, y, cuando amanezca, será conducido al patÃbulo de la jurisdicción.
—¡Amén! —repuso Cristián—. TenÃa que suceder esto tarde o temprano. Después de todo, lo mismo da servir de alimento a los cuervos de Santa MarÃa que a los de Carlisle.