El Monasterio
El Monasterio —¡Ay, padre, vuestras palabras me desgarran el alma, y luego os revelaré todo bajo el secreto de la confesión, porque creo ser juguete de un espÃritu infernal, antes que protegido por el Cielo! Sin embargo, permitidme que dirija, primeramente, una o dos preguntas a este desgraciado.
—Todas las que os convengan, hermano; pero no me convenceréis de que no conviene que continuéis desempeñando un puesto inferior en el convento de Santa MarÃa.
—Quisiera preguntar a ese hombres por qué pretendÃa dar muerte a quien jamás le ha ofendido.
—¿No me habéis amenazado? —contestó Cristián—. ¿No os acordáis de lo que me dijisteis del primado, de lord James, y del estanque de Jeddard? ¿Creéis que ignoro que los frailes no perdonan jamás? ¿CreÃais que iba a ser tan loco que esperase a que me hubierais hecho ahorcar o coser dentro de un saco? HabrÃa hecho una tonterÃa tan grande como la de venir aquà a denunciarme a mà mismo. ¡Era menester que estuviera poseÃdo del diablo para proceder de ese modo!
—¿Y no fue más que por una palabra dicha en un momento de impaciencia, y olvidada tan pronto como fue pronunciada, por lo que querÃais darme muerte?
—SÃ, por eso, y por amor a vuestro crucifijo de oro.