El Monasterio

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—No habéis hecho bien —contestó vivamente el abad—. Esos ayunos hacen subir del estómago al cerebro vapores que solo engendran vanidad llenándonos de vanagloria y de orgullo. Es conveniente, es justo, que los novicios se entreguen a las vigilias y a los ayunos, porque estas austeridades les alejan los malos pensamientos y las ideas carnales; pero para los que han muerto para el mundo, querido hermano, es una obra de supererogación que ocasiona orgullo espiritual. Os ordeno, pues, que vayáis al refectorio, y comáis bien y bebáis buen vino; y, como la opinión que teníais de vuestra sabiduría os ha llevado algunas veces a despreciar a nuestros hermanos, menos versados que vos en las ciencias mundanas, os ordeno además que hagáis esa comida en compañía de nuestro reverendo padre Nicolás, y escuchéis durante una hora, con paciencia y sin interrupción, el relato que no dejará de haceros de los acontecimientos que ocurrieron en la época de nuestro venerable predecesor el abad Ingilram, a quien Dios tenga en su santa gloria. Los ejercicios piadosos que debéis practicar en expiación de las culpas que acabáis de confesarnos contrita y humildemente, mañana los sabréis, pues necesitamos reflexionar esta noche.




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