El Monasterio

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Desde esta confesión el abad miró a su consejero menos animosamente y le inspiró más amistosos sentimientos que cuando lo consideraba como impecable e infalible. Hubiérase dicho que con la confesión de sus debilidades había conquistado el padre Eustaquio todo el afecto de su superior. Sin embargo, esta benevolencia iba acompañada de circunstancias que, para un alma tan elevada como la del subprior, debían ser más difíciles de soportar que las interminables narraciones del fastidioso padre Nicolás.

El abad no hablaba ya del subprior más que diciendo: «Nuestro querido hermano Eustaquio, ¡infeliz!…». Y cuando exhortaba a los jóvenes hermanos a desconfiar de los lazos que Satanás tiende a los que se creen más virtuosos, hacíalo de modo que, sin designarlo precisamente, todos supieran a quién aludía.

Para soportar tales humillaciones el padre Eustaquio ponía a contribución su sumisión de fraile, su filosofía de estoico y su paciencia y humildad de cristiano. El subprior, pues, vivió más retiradamente, intervino menos en los asuntos de la comunidad, y, cuando el abad le consultaba, no omitía ya su opinión en tono autoritario como antes, pues comprendía que no debía humillarle.


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