El Monasterio
El Monasterio Algunas veces el subprior, que vivía más entregado a sí mismo, se ausentaba durante días enteros, pues la aventura que le había ocurrido cerca de Glendearg, y que tanta impresión le produjera, le hizo volver frecuentemente a la torre, concluyendo por interesarse vivamente por los jóvenes de la familia que la habitaba. Tenía además curiosidad por saber si el libro perdido, cuando él fue atacado por Cristián, les había sido devuelto.
—¡Es extraño —pensaba— que a un espíritu (él no creía que la voz que le había hablado fuera otra cosa) le interesen tanto los progresos de la herejía, y la vida de un sacerdote católico!
Pero sus repetidas indagaciones no dieron resultado alguno, por lo que creyó que ninguna traducción de las Santas Escrituras en lengua vulgar había en la torre de Glendearg.
Las visitas del benedictino no fueron infructuosas para Eduardo Glendinning ni para María Avenel. El primero, con asombrosa facilidad, retenía cuanto le enseñaban, que unía a su amor al trabajo una predisposición natural a instruirse, cualidades que no se encuentran reunidas más que en los seres privilegiados.