El Monasterio
El Monasterio El padre Eustaquio deseaba que el precoz talento que cada día veía desarrollarse más en su discípulo fuera consagrado al servicio de la Iglesia, y abrigaba la esperanza de que el joven cedería con gusto, pues Eduardo, de carácter dulce, severo y reflexivo, parecía considerar la ciencia como el objeto principal y el mayor placer de la vida.
En cuanto a Elspeth, el subprior no dudaba de que acostumbrada a respetar a los frailes de Santa María, se consideraría muy dichosa colocando a uno de sus hijos en la Comunidad. En ambas cosas se equivocaba el subprior.
Cuando este hablaba a la viuda de Glendinning de lo que generalmente halaga más a las madres, o sea, del talento y de los adelantos de su hijo, le escuchaba complacida; pero tan pronto como le insinuaba que debía el niño consagrar al servicio de la Iglesia estas cualidades y tomar su defensa, Elspeth se apresuraba a cambiar de conversación; y, cuando el fraile insistía, alegaba la imposibilidad en que se encuentra una viuda de hacer valer por sí sola un feudo que el convento había concedido a su marido; las vejaciones que podía sufrir por parte de sus vecinos, y el deseo que tenía de que Eduardo permaneciera en la torre para reemplazar a su padre y cerrarle a ella los ojos el día que muriese.