El Monasterio

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El molinero había llevado consigo a su hija Mysie, cuyo vestido había descrito la buena señora con una exactitud tan grande al subprior cuando fue interrogada, pero de cuyo rostro le fue imposible dar idea. Hasta el día a que aludimos jamás había pensado en aquella joven; pero las preguntas del padre Eustaquio despertaron su curiosidad, y la viuda de Glendinning, pidiendo informes, supo que Mysie era una buena muchacha, a quien gustaban mucho las diversiones; que estaba dotada de un excelente carácter, y que tema los ojos negros, las mejillas rosadas y el cutis tan blanco como la harina que fabricaba su padre, y con la que se hacían los panecillos para el abad del monasterio. En cuanto a la fortuna, asunto muy importante, Mysie era hija única; y, gracias al molino y a la habilidad proverbial del molinero, su padre había reunido un buen pedazo de tierra, y el futuro esposo podía abrigar la esperanza de suceder a su suegro, especialmente si conseguía simpatizar con el abad de Santa María, y obtenía la protección del prior, la del subprior y la del sacristán, etc., etc. En fin, a fuerza de reflexionar todas estas ventajas, la madre de Alberto había llegado a creer que el único medio de evitar que su hijo siguiera la carrera de las armas era casarlo, y que Mysie Happer era una proporción excelente.



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