El Monasterio

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Esta idea se había apoderado de Elspeth y casi no la abandonaba. Precisamente pensaba en ello cuando vio llegar al molinero sobre su robusta yegua, llevando a la grupa a su hija, fresca como una rosa y respirando la alegría por todos los poros. La muchacha iba vestida con verdadera coquetería campestre y llevaba la cabeza adornada con una profusión de bucles de cabellos tan negros como el ébano. ¿Se realizarían las esperanzas de Elspeth? ¿Acaso no era Dios quien enviaba a Mysie para sujetar al inquieto e indócil Alberto? Probablemente a Mysie le gustaría más bailar alrededor del árbol de mayo que ocuparse en los cuidados domésticos, como Alberto tenía más afición a romper cabezas o dar estocadas que a moler sacos de harina; pero un molinero debe ser hombre gallardo y robusto, como ha sido descrito por Chaucer y Jacobo I[12].

Efectivamente, para resistir a todos los vecinos de la localidad, derrotarlos en todos los ejercicios gimnásticos, era un medio de facilitar la percepción de los derechos que se hubieran disputado a un adversario menos temible.

En cuanto a Mysie, si no podía ocuparse en la casa su suegra, Elspeth se encargaría de ella.



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