El Monasterio

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Dejándola en la cocina, y sintiendo que la educación recibida por María Avenel no le permitiera encargarse de otra cosa más que de cubrir de hojas el piso de la sala grande, y de adornarla con flores de la estación, la viuda de Glendinning fue a vestirse de gala. Luego salió a la puerta de la torre con el corazón palpitante, a esperar a su reverencia. Eduardo, al lado de su madre, experimentaba las mismas emociones, y su filosofía buscaba inútilmente la explicación de ellas. No comprendía aún cuán difícilmente aprende la razón a vencer la fuerza de las circunstancias exteriores ni cuán embotadas están por la costumbre nuestras sensaciones aguzadas por la novedad.

A la sazón contemplaba con sorpresa no exenta de respeto a aquellos diez jinetes sobre dóciles corceles, y vestidos con largos sayales, cuyos escapularios blancos hacían resaltar el color negro de sus hábitos; avanzaban con lentitud, como si siguieran un cortejo fúnebre. Sir Piercie Shafton era el único que se distinguía en la marcha regular de la pacífica cabalgata.

Ansioso de ostentar su destreza en la equitación, iba y venía haciendo caracolear a su impetuoso corcel, con gran sentimiento del abad, cuyo caballo, más vivo que el de los demás frailes, mostraba de vez en cuando deseos de imitar a su colega. Bastante alarmado el padre Bonifacio, exclamaba:


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