El Monasterio

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—¡Vamos, Benito! Sir Piercie, ¡haga el favor! ¡Hola! ¡Hola!

Y bisbisaba la larga letanía de ruego y de exclamaciones con que un jinete poco atrevido pide gracia a un compañero más hábil y procura calmar el ímpetu de su cabalgadura. Al fin, tan pronto como llegó a la torre, pronunció con toda su alma un fervoroso Deo gratias.

Todos los moradores de la casa de la señora Elspeth se arrodillaron para recibir la bendición del abad y besar su mano, ceremonia de que los frailes no estaban exentos en ciertas ocasiones; pero el bondadoso padre, desde que le había salido al encuentro sir Piercie, había experimentado demasiado cansancio para dar al cumplimiento de este ceremonial toda la solemnidad y mansedumbre acostumbradas.

Enjugándose el sudor que perlaba su frente con el pañuelo, blanco como la nieve, abandonó la otra mano a sus vasallos, y apresuróse a entrar en la casa murmurando contra la escalera de caracol, tan estrecha como obscura, que le condujo a la sala principal, donde habían colocado el sillón más cómodo que había en la casa.


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