El Monasterio
El Monasterio —OÃdme una sola palabra si me lo permitÃs —dijo la viuda sujetándolo por el hábito—. ¿Nos dispensaréis si no está todo en orden o si faltara algo? Toda nuestra vajilla de plata fue saqueada después de la batalla de Pinkie, donde perdà también a mi pobre Simón.
—No os preocupéis ni temáis nada —contestó el subprior desprendiendo suavemente su hábito de las manos de Elspeth—. El hermano sumiller ha traÃdo la vajilla del abad, y si algo falta en vuestra mesa será suficientemente compensado por vuestra buena voluntad.
Y, después de tranquilizar a la señora Elspeth, subió a grandes zancadas a la sala grande, donde encontró a sir Piercie y algunos frailes sentados alrededor del abad, en cuyo sillón habÃanse colocado todas las mantas de la casa, a pesar de lo cual no le parecÃa bastante blando.
—¡Este asiento —decÃa— es tan duro como el banco de nuestros legos! Caballero, ¿cómo habéis pasado la noche en este antro? Si vuestra cama no era más blanda que este sillón, lo mismo hubierais podido dormir sobre el lecho de piedra de San Pacomio. Después de recorrer diez millas a caballo, se necesita un asiento algo más cómodo que el que me ha sido deparado.