El Monasterio

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El hermano sumiller entró en aquel mismo instante, llevando triunfalmente dos magníficos almohadones, uno de los cuales sirvió de cojín y otro para colocarlo en el respaldo del sillón.

Algo más a gusto, el abad continuó:

—Es preciso que sepáis, que sufrimos trabajos y fatigas lo mismo que vosotros; y puedo decir de mí, y de los soldados de Santa María, de quienes me considero el capitán, que no evitamos el calor del día ni el frío de la noche cuando el deber nos obliga a arrostrarlos. No; ¡por Santa María! Tan pronto como supe que estabais aquí, y que ciertas razones os impedían ir al monasterio, donde hubiéramos podido recibiros con mayor suntuosidad, golpeé con el martillo sobre la mesa para llamar a un hermano, a quien dije: «Timoteo, mañana, después de tercias, se ensillará a Benito, y rogad al subprior y a media docena de hermanos que se dispongan a acompañarme a Glendearg». Timoteo no volvía de su asombro; pero insistí ordenándole: «Que el hermano cocinero y el hermano sumiller vayan delante con algunas provisiones para ayudar a nuestros pobres vasallos a preparamos una colación decente». Ya veis, pues, sir Piercie, que no estamos exentos de inconvenientes ni de apuros, y debéis perdonamos si os veis expuesto a los mismos.


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