El Monasterio
El Monasterio —¡Oh! —contestó el caballero—. Nada tengo que perdonar. Si vosotros los guerreros espirituales tenéis que soportar tantas fatigas, yo, infeliz pecador secular, no debo quejarme de haber encontrado aquà una cama tan dura como una tabla, un caldo que olÃa a quemado, una carne que, por su color negro, me recordó la cabeza de moro tostada que se comió Ricardo Corazón de León, y otros manjares igualmente rústicos.
—Siento mucho, caballero, que mis pobres vasallos no puedan dispensaros mejor recepción; pero observad que si los asuntos de sir Piercie Shafton le hubieran permitido honrar con su presencia el Monasterio de Santa MarÃa, hubiera sido recibido con más decoro.
—Para revelar a vuestra reverencia los motivos que me impiden aprovechar su hospitalidad bien conocida, necesitarÃa algún tiempo…, y un auditorio menos numeroso —añadió en voz baja.
—Hermano Hilario —dijo el abad al sumiller—, id a la cocina, e informaos a qué hora tendrá preparada la colación el hermano cocinero. La fatiga y las privaciones que ha sufrido este noble caballero, para no hablar de nuestras propias necesidades, hacen necesario que la refacción sea servida lo antes posible.
El hermano Hilario salió inmediatamente, no tardando en volver para asegurar a su superior que la colación estarÃa en disposición de ser servida a la una en punto. Y añadió: