El Monasterio
El Monasterio —SerÃa una gran lástima adelantar o retrasar la hora, aunque solo fuese diez minutos; porque el hermano cocinero asegura que el venado no estarÃa en su punto, a pesar de los cuidados del pinche que voltea el asador.
—¡Hay venado! —exclamó el abad—. ¿Quién lo ha traÃdo? No estaba incluido en la lista de las provisiones que me habéis mostrado.
—Uno de los hijos de la dueña de esta casa ha cazado uno, hace una hora escasa, y como el calor animal no habÃa abandonado al cuerpo todavÃa, el hermano cocinero asegura que estará tan tierno como un pollo. ¡Ese joven tiene una disposición especial para matar las fieras! Jamás yerra el golpe en la cabeza o el corazón, y el animal no se desangra, como desgraciadamente ocurre con frecuencia. Era un soberbio venado; rara vez habrá comido vuestra reverencia otro mejor.
—Hermano Hilario —dijo el abad relamiéndose de gusto—. No conviene a la santidad de nuestra Orden hacer tales elogios del alimento corporal, especialmente cuando estamos tan debilitados por el ayuno y por el cansancio. Sin embargo, averiguad cómo se llama ese joven, pues es muy justo que se recompense el mérito, y hagamos de él un frater ad succurrendum en nuestra cocina.
—¡Ay, reverendo padre! He averiguado que es uno de esos jóvenes que prefieren el casco al capuchón, y la espada a las armas espirituales.