El Monasterio
El Monasterio —En ese caso, en vez de hermano lego lo nombraremos segundo guarda de nuestros bosques. Talbot, nuestro guarda, envejece; la vista empieza a faltarle, y ha estropeado ya varios gamos hermosÃsimos hiriéndoles torpemente en el flanco; por eso, hermano Hilario, es preciso que, de cualquier modo que sea, aseguremos al convento los servicios de ese joven. Ahora, caballero —continuó, volviéndose a sir Piercie—, puesto que falta más de una hora para sentarnos a la mesa, os ruego que me digáis a qué obedece vuestro viaje a estos paÃses, y, sobre todo, qué os impide hospedaros en nuestro pobre monasterio, donde serÃais atendido lo mejor posible.
—Vuestra sabidurÃa no ignora, reverendo padre —contestó sir Piercie en voz baja—, que en los asuntos en que se arriesga la vida, es necesario proceder con la mayor discreción.
El abate hizo señal a los frailes para que se retiraran, exceptuando al subprior.
—Caballero —dijo después—, podéis hablar delante de nuestro fiel amigo y prudente consejero el padre Eustaquio, que ocupa un puesto inferior a su mérito por lo que siempre estoy temiendo verme privado de sus consejos, por su elevación a un cargo de más importancia. Lo cierto es que el padre Eustaquio posee toda mi confianza y merece la vuestra.